—¿Qué demonios? —se preguntó María al revisar su celular de escritora, ese del que se había olvidado un par de días en los que pretendía recuperarse del golpe emocional que había sido volver a terminar su relación con ese que no la había dado por terminada la primera vez.
María usaba un teléfono aparte del personal, en donde tenía todas las aplicaciones en que publicaba, porque, como escritora de la red, creía que entre más lugares tocara más oportunidades tendría; aunque, con el paso del tiempo