—¿Puedes parar con el acoso? —preguntó María, molesta, al guapo hombre que la había seguido todo el camino a su casa.
—¿Y tú puedes parar con tu tonto orgullo? —cuestionó Marcos, mirando a la joven que, furiosa, le encaraba después de casi media hora de camino ignorándole.
—Esto no es mi tonto orgullo, es el dolor de heridas reales —aseguró la joven un tanto ofendida porque el otro desestimara sus emociones y sentimientos.
—María, no hagas como que no lo ves —pidió Marcos Durán en un todo supli