ARTURO VEGA
Stella clavó su mirada en el piso, mientras la gasa remojaba de antiséptico sus heridas sin que ella pareciera ponerle atención al escozor de su piel. —Dije que te ayudaría, y así lo haré… —contestó melancólica—, pero… entenderás que necesito saber que no volveré a ser víctima de los golpes de Marcos y que no me quedaré a la deriva, viviendo en la calle mientras mi carne se pudre.
—No lo permitiré… Te lo prometo.
—Demuéstralo… No puedo fiarme de promesas.
—¿Cómo esperas que lo ha