LISA GALINDO
Un nuevo vestido llegó a mi habitación, mientras yo aguardaba en un rincón, cansada de intentar abrir las ventanas e incluso romperlas. No había manera de poder salir y quebrar la puerta no era una opción, pues había dos hombres armados custodiándola. No quería quedarme aquí, sin embargo… parecía que no tenía muchas opciones.
Me limpié las lágrimas y toleré mi dolor de estómago. Había perdido la cuenta del tiempo que llevaba sin probar bocado, incluso mis labios se sentían secos.