LISA GALINDO
Antes de que el cielo clareara, una suave brisa jugó con mis cabellos, haciendo que su caricia me hiciera cosquillas. Cuando abrí los ojos me di cuenta de que no se trataba de mi cabello, sino de los dedos de Arturo que parecían estar conectando las pecas de mis mejillas. Cuando posé mi atención en él, sonrió.
—Abriste los ojos y amaneció de pronto —dijo en un susurro haciendo que me sonrojara, escondiendo mi rostro contra su pecho.
—¿Desaparecieron las luciérnagas? —pregunté sent