LISA GALINDO
Su mirada furiosa se posó en mí, hostil en un principio, pero sorprendida después. —Creí que ya estarías en tu habitación… —contestó poniéndose de pie con dificultad.
—Emilia me pidió que la arropara. —Lo tomé por el brazo, pero suavemente se quitó mi mano, rechazando mi ayuda.
—No es necesario que me tengas lástima.
—No te tengo lástima… Nunca te la tuve. —Me dolió el corazón al recordar. Tonta de mí que creí que mi cariño por él sería suficiente.
—Perdón… no tuve que entrometer