Madison
Pasé dos horas encerrada en mi habitación, sentada en el suelo mientras acariciaba el pelaje de Layka. El entusiasmo que había sentido por la mañana, la adrenalina de la reunión con los alemanes y la risa compartida en el coche se habían evaporado, dejando en su lugar un frío seco. Volvía a sentir ese peso familiar en el pecho, ese entumecimiento que me decía que era mejor no sentir nada para que nada doliera.
Cuando escuché los pasos de Lucía despidiéndose en el pasillo y el sonido