Madison El aire en la biblioteca se sentía eléctrico. Brandon seguía de pie frente a mí, con esa mirada que era mitad admiración y mitad miedo. No me había quitado la mano de la mejilla, y sus dedos cicatrizados, aunque ásperos, tenían un calor que me hacía sentir más viva de lo que me convenía.—Has salvado millones hoy, Madison —dijo, rompiendo el silencio con su voz ronca—. Y lo que es más importante, has salvado mi orgullo frente a esos buitres. El contrato dice que te daría una vida de lujos, pero esto merece algo más. Pídeme lo que quieras. Una propiedad a tu nombre, un coche, una colección entera de joyas. Lo que sea.Lo miré y, por primera vez, no sentí el peso de la tristeza. En su lugar, sentí un antojo infantil, un deseo de algo sencillo que me devolviera a la tierra después de tanta frialdad financiera.—Quiero donas —solté sin pensar.Brandon arqueó una ceja, visiblemente descolocado.—¿Donas? Madison, te estoy ofreciendo un imperio y tú me pides… ¿pan con azúcar?—Quier
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