Madison
La presencia de Layka y los cachorros había devuelto un poco de pulso a mis días. Ya no pasaba las horas mirando el techo; ahora, mis ojos seguían los movimientos torpes de los pequeños sobre la alfombra. Sin embargo, la tristeza seguía ahí, como una sombra fiel, recordándome que mi vida seguía siendo un contrato de dos años en una torre de cristal.
Esa tarde, mientras caminaba por el pasillo hacia la cocina para buscar agua para los perros, escuché voces elevadas que provenían de la b