Cenizas en el desayuno

Madison

El despertar no trajo alivio. Al contrario, la luz grisácea que lograba colarse por los bordes de las pesadas cortinas me recordó que no había sido un sueño. Estaba atrapada en una torre de cristal y sombras, casada con un hombre que se ocultaba del mundo.

Me vestí mecánicamente. No elegí nada de la ropa costosa que Harrison había dejado en el vestidor; me puse un suéter de lana viejo y holgado, uno que olía a mi casa, a la vida que ya no me pertenecía. Mi reflejo en el espejo me asustó por un segundo, mis ojeras eran profundas y mi mirada parecía haber perdido todo su color. Me veía como una vela que se había consumido hasta el final.

Un golpe suave en la puerta me indicó que era hora del desayuno.

Caminé hacia el comedor. Al igual que la biblioteca, la estancia estaba en una penumbra cuidadosamente coreografiada. La mesa era larga, de un mármol negro que brillaba bajo la luz tenue de un candelabro. En un extremo, Brandon ya estaba sentado.

Esta vez no me daba la espalda, pero llevaba una máscara de seda negra que cubría la mitad derecha de su rostro, dejando solo a la vista su perfil izquierdo, que era de una belleza clásica y fría, y ese ojo azul que parecía atravesar el alma.

—Siéntate —ordenó con su voz de terciopelo y lija.

Me senté en el extremo opuesto, dejando metros de distancia entre nosotros. Harrison apareció en silencio y sirvió comida que olía delicioso, pero para mí, todo sabía a ceniza. Tomé la cuchara y removí el café sin llevarme nada a la boca.

—He dado instrucciones para que se te transfiera una asignación mensual —dijo Brandon, observando cada uno de mis movimientos—. No hay límite de gasto. Si quieres joyas, coches o remodelar esta planta, hazlo. Solo mantente dentro de los muros de esta casa.

—No necesito dinero, Brandon —respondí. Mi voz sonó tan débil que casi se perdió en el eco del salón—. No hay nada que quiera comprar.

Él dejó caer sus cubiertos sobre el plato con un sonido metálico que me hizo vibrar los dientes.

—Todo el mundo quiere algo, Madison. Mi dinero ha comprado gobiernos, empresas y, te guste o no, te ha comprado a ti. Úsalo. Al menos haz que el precio que pagué valga la pena y cómprate una cara que no parezca la de un condenado a muerte.

Lo miré. No con rabia, sino con una lástima profunda y silenciosa que pareció incomodarlo más que un insulto.

—El dinero no llena el vacío que dejaron mis padres cuando me vendieron —dije, y por primera vez, una lágrima solitaria rodó por mi mejilla, aunque mi expresión permaneció impasible—. Puedes darme el mundo entero, y seguiría sintiéndome igual de muerta. Si quieres que sonría, tendrás que pedirle a Harrison que compre un milagro, no un collar de diamantes.

Brandon se levantó bruscamente. El ruido de su silla raspando el suelo fue violento. Caminó hacia mi extremo de la mesa, y esta vez no se detuvo en las sombras. Se inclinó sobre mí, y pude ver de cerca los bordes de las cicatrices que escapaban de su máscara, subiendo por su sien y perdiéndose en su cabello.

Cualquier otra persona habría apartado la vista. Yo no lo hice. Me quedé mirándolo, dejando que viera mis lágrimas y mi absoluta falta de voluntad.

—¿No me tienes asco? —rugió él, su rostro a centímetros del mío—. Mira esto, Madison. Soy un monstruo. La gente huye de esta habitación cuando me ve. ¿Por qué tú solo me miras como si fuera un mueble viejo?

—Porque tus cicatrices están por fuera, Brandon —susurré, y extendí una mano temblorosa, no para tocarlo, sino para señalar su pecho—. Las mías me están desgarrando por dentro. Tú tienes miedo de que te vean; yo tengo miedo de seguir sintiendo este peso un día más. No puedo tenerte asco cuando te envidio.

Él se quedó congelado. Su respiración, agitada por la furia, se detuvo de golpe. Me observó con una intensidad aterradora, procesando mis palabras. Por un segundo, su mano enguantada se movió como si quisiera limpiar mi lágrima, pero se detuvo a medio camino y la cerró en un puño.

—Eres patética —dijo, aunque su voz ya no sonaba furiosa, sino extrañamente rota—. No quiero una esposa que llore sobre mi café. Harrison, llévatela de aquí. Que se encierre en su habitación si tanto le gusta la oscuridad.

Me levanté sin decir nada. No necesitaba que Harrison me guiara. Caminé de regreso a mi cuarto, sintiendo cómo mis piernas flaqueaban. Antes de cerrar la puerta, escuché el sonido de algo rompiéndose en el comedor; Brandon acababa de lanzar su plato contra la pared.

Me ovillé en la cama, abrazándome a mis rodillas. La tristeza era un mar profundo y yo me estaba hundiendo sin intención de nadar. No sabía qué era peor: si el monstruo que se ocultaba en las sombras o la nada absoluta que se había apoderado de mi corazón.

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