Mundo ficciónIniciar sesiónMadison
Pasé el resto de la tarde en un estado de letargo, viendo cómo las motas de polvo bailaban en el único rayo de luz que se filtraba por la cortina. Mi mente era un lugar peligroso, lleno de ecos de la biblioteca de mi padre y el sonido de la pluma firmando mi sentencia. No me moví ni cuando el hambre empezó a punzarme el estómago. No valía la pena el esfuerzo de bajar a ese comedor lleno de secretos y máscaras. Estaba a punto de quedarme dormida cuando un sonido inusual me hizo incorporarme. No eran los pasos pesados de Brandon ni la eficiencia silenciosa de Harrison. Era un rasguño suave contra la madera de mi puerta, seguido de un gemido agudo y familiar que hizo que mi corazón diera un vuelco violento. Me levanté de la cama tan rápido que la cabeza me dio vueltas. Corrí hacia la puerta y, al abrirla, solté un sollozo que se me había quedado atorado en la garganta durante días. —¿Layka? —mi voz se quebró. En el umbral, con su pequeño pelaje sedoso y sus ojos brillantes llenos de una alegría pura, estaba mi Yorkshire Terrier. No estaba sola; en un transportín acolchado justo detrás de ella, dos pequeñas bolas de pelo se removían y lloriqueaban buscando atención. Mis cachorros. Me desplomé en el suelo, sin importarme nada, y dejé que Layka me lamiera las lágrimas mientras yo hundía el rostro en su cuello. Olía a casa, a hierba y a la vida que creí haber perdido para siempre. —Pensé que te habían vendido también —susurré contra su oreja, abrazándola con una fuerza que me hizo temblar. —Tus padres pretendían dejarlos en un refugio para “limpiar” la transición de la casa —dijo una voz desde la penumbra del pasillo. Levanté la vista. Brandon estaba allí, de pie, apoyado contra la pared opuesta. La máscara seguía en su lugar, pero su postura no era tan rígida como en el desayuno. Tenía las manos metidas en los bolsillos de su pantalón de vestir y me observaba con una intensidad que me hizo sentir expuesta. —¿Tú… tú los trajiste? —pregunté, secándome la cara con la manga del suéter, sin soltar a Layka. —Harrison me informó que eran lo único que mencionabas en tus momentos de distracción —respondió él con indiferencia fingida—. No soporto los ruidos molestos en mi casa, Madison, pero soporto menos tener a una mujer que parece un cadáver andante decorando mis muebles. Considera esto un incentivo para que empieces a comer. Me puse en pie con cuidado, cargando a Layka mientras los cachorros empezaban a salir del transportín para explorar mis pies con pasos torpes. Caminé hacia él, deteniéndome a una distancia que antes me habría dado miedo. —Gracias, Brandon —dije, y por primera vez en semanas, mi voz no era plana. Tenía un matiz de gratitud real. Él apartó la mirada, visiblemente incómodo con mi cercanía y con el agradecimiento. —Son solo animales —gruñó él, aunque no se alejó—. Harrison ya ha instalado una zona para ellos en la terraza cubierta. Tienen calefacción y todo lo que necesitan. No quiero ver desorden en el salón principal. —Lo entiendo —respondí. Miré su rostro, la parte que la máscara no lograba ocultar, y noté que su mandíbula no estaba tan tensa—. ¿Por qué lo hiciste realmente? Podrías haberme comprado joyas nuevas para intentar animarme. Esto… esto ha tenido que ser difícil de organizar en un día. Brandon se enderezó, recuperando su aire de superioridad, pero su ojo azul brilló con algo que no era odio. —Las joyas son para las mujeres que quieren ser vistas, Madison. Tú no quieres eso. Tú solo quieres algo que te recuerde que todavía eres humana —hizo una pausa, y su voz bajó de volumen—. En esta casa, la humanidad es un recurso escaso. Me pareció un intercambio justo por el plato que rompí esta mañana. Sin esperar respuesta, dio media vuelta y se perdió en la oscuridad del pasillo. Me quedé allí, rodeada de los ladridos juguetones de mis perros, mirando hacia donde él se había ido. Por primera vez, el ático no se sentía como una tumba. Había vida en él, una vida pequeña y ruidosa que Brandon Sterling, el hombre que se escondía del mundo, había decidido rescatar para mí. Quizás él no era solo cicatrices y contratos; quizás, muy en el fondo, él también recordaba lo que era querer que alguien te rescatara de la oscuridad.






