Habitaciones en penumbra

Madison

El viaje hacia la Torre Sterling fue un trayecto borroso de luces de ciudad y silencio. Arthur, el chofer, no dijo una sola palabra mientras el ascensor privado nos succionaba hacia el piso sesenta. Cuando las puertas se abrieron, no me encontré con el lujo brillante que esperaba, sino con una penumbra sepulcral.

El ático era inmenso, pero las pesadas cortinas de terciopelo gris estaban echadas, bloqueando cualquier rastro de la luz del sol. El aire olía a libros viejos, a cera de vela y a ese aroma metálico que flota en los hospitales.

—El señor Sterling la espera en la biblioteca —dijo Harrison, apareciendo de la nada entre las sombras—. Recuerde las reglas: no corra las cortinas, no encienda luces fuertes y, sobre todo, no haga preguntas sobre su aspecto.

Asentí con la cabeza, moviéndome como un autómata. El entumecimiento en mi alma era tan grande que ni siquiera sentía curiosidad, solo una pesadez que me arrastraba los pies.

Caminé por el pasillo hasta una puerta de roble doble. Al entrar, la única iluminación provenía de una chimenea que chisporroteaba débilmente en un rincón. Al fondo, sentado en un sillón de respaldo alto que le daba la espalda a la puerta, vi la silueta de un hombre. Solo alcanzaba a ver una mano apoyada en el brazo del sillón; era una mano grande, pero la piel en el dorso se veía extraña, una red de cicatrices brillantes y tensas que subían hacia la manga de su bata de seda negra.

—Acércate, Madison —dijo una voz.

No era la voz de un monstruo. Era profunda, áspera como el terciopelo desgarrado, y cargada de un cansancio que me resultó extrañamente familiar.

Caminé hasta quedar a unos metros de él, pero no intenté rodear el sillón para verlo de frente. Me quedé allí, de pie, esperando órdenes.

—¿No vas a gritar? ¿No vas a exigir ver a tu esposo a la luz del día? —preguntó él, y pude notar el filo de la amargura en sus palabras—. Tu padre me dijo que eras una mujer con carácter. Sin embargo, pareces más un fantasma que yo.

—El carácter requiere energía, señor Sterling —respondí en un susurro, mirando hacia las brasas del fuego—. Y yo ya no tengo ninguna.

Escuché un movimiento en el sillón. Él se tensó, sorprendido por mi falta de miedo o resistencia.

—Lleva a la señora Sterling a su habitación, Harrison —ordenó Brandon bruscamente, sin girarse—. Mañana empezaremos con las cláusulas de convivencia. Hoy… hoy solo quiero que te retires. Tu presencia es… demasiado real para este lugar.

—Como desee —dije.

Hice una pequeña inclinación de cabeza hacia el respaldo del sillón, aunque no sabía si él podía verme, y salí de la habitación.

Mi nuevo dormitorio era igual de sombrío. Me senté en la cama y abrí mi pequeña maleta. Saqué una foto de Layka y sus cachorros que guardaba en mi bolso; era el único rastro de luz en mi vida actual. Me quedé mirándola hasta que mis ojos se cerraron por el cansancio.

En mitad de la noche, un sonido me despertó. Fue el roce de una tela contra el suelo y una respiración pesada cerca de la puerta de mi habitación, que había quedado entreabierta. Me quedé inmóvil, con el corazón latiendo con una lentitud dolorosa.

A través de la rendija, vi una silueta alta. La mitad de su rostro estaba oculta por las sombras, pero la otra mitad… la luz de la luna que se filtraba por un resquicio de la cortina mostró brevemente una cicatriz profunda que nacía en su sien y se perdía bajo su cuello. Su ojo, un azul eléctrico y triste, se clavó en mí durante unos segundos.

No me moví. No me asusté. Simplemente lo miré de vuelta, reconociendo en él el mismo tipo de ruina que yo llevaba por dentro.

—Duerme, Madison —susurró la sombra antes de desaparecer en la oscuridad del pasillo.

Cerré los ojos de nuevo. Por primera vez en semanas, no me sentía tan sola. Estaba casada con un hombre roto, en una casa hecha de sombras, y por alguna razón, eso era lo único que mi corazón deprimido podía procesar sin romperse del todo.

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