Aquella habitación que Lilith cataloga como maldita, estaba en penumbras, envuelta en el pesado sudor de la desesperación. Lilith yacía en el suelo, el aire se había espesado a su alrededor como si la atmósfera misma se negara a llenarse de vida. Cada respiración era un eco de su propio dolor, un recordatorio cruel de su impotencia. Los calambres recorrían su abdomen, retorciéndola, haciéndola sentir como si mil cuchillos afilados le arañaran las entrañas. La presión aumentaba, surgiendo desde