La música sacudía las paredes del salón como un latido salvaje. El humo de los cigarros flotaba en espirales densas, mezclándose con los aromas del licor derramado y el sudor de cuerpos extasiados. Voces, risas, gritos. El desenfreno de la fiesta alcanzaba su punto más alto. Y entre esa multitud, ella danzaba.
Lilith.
Vestida con rojo fuego y tacones que golpeaban el suelo al ritmo del bajo, su silueta ondulaba con una gracia que rayaba lo prohibido. Cada movimiento suyo tenía la cadencia de un