CAPÍTULO 4

CAPÍTULO 4

El Maybach negro devoraba el asfalto mojado de la ciudad dormida, deslizándose como una sombra elegante entre las calles vacías. En el interior, Alexander de la Vega se aflojó el corbatín de seda que llevaba colgado al cuello desde la gala de la noche anterior. Se sentía sucio, no por falta de higiene, sino por esa capa de vicio y superficialidad que dejaban las noches de excesos sin sentido.

Miró por la ventanilla, viendo pasar los edificios residenciales de clase media. Un paisaje ajeno a su ático de cristal.

— Señor —dijo Damián, rompiendo el silencio desde el asiento del conductor—, ¿no deberíamos ir primero a la clínica a ver a su abuelo? Los médicos dijeron que está estable, pero ansioso.

Alexander se pasó una mano por el cabello oscuro, frustrado.

— No, Damián. Ya te lo dije. Mi abuelo abrió los ojos, preguntó si seguía casado y, cuando le dijeron que sí, exigió ver a mi esposa. No quiere verme a mí. Al menos, no solo a mí. Quiere ver el "milagro" de mi estabilidad emocional. Quiere a Lucía.

Damián asintió, manteniendo la vista en la carretera.

— Entiendo.

Alexander suspiró, girando el vaso de whisky vacío que aún sostenía, un remanente de su casa que había traído consigo.

— ¿Qué noticias tienes de ella, Damián?

El guardaespaldas lo miró brevemente por el espejo retrovisor.

— ¿A qué se refiere, señor?

— A qué hace, cómo vive. Hace diez años que no la veo. —Alexander hizo una pausa, buscando en su memoria—. No la recuerdo, Damián. Si me la cruzara ahora mismo en la calle, te juro que no la reconocería. Solo recuerdo que era... pequeña. Y que estaba empapada.

Damián carraspeó, incómodo. Él sí recordaba a Lucía. Él había gestionado cada pago, cada matrícula, cada trámite.

— Señor, la señora Lucía se comunicó conmigo solo para comunicarme la universidad que había elegido. Solo sé que terminó sus estudios con honores hace bastantes años.

— ¿Nunca pidió más dinero? —preguntó Alexander, genuinamente sorprendido. En su mundo, las personas siempre pedían más. Las amantes pedían joyas, los socios pedían porcentajes, los familiares pedían puestos.

— Jamás —confirmó Damián—. Nunca pidió un aumento en la mensualidad, nunca pidió un coche nuevo, nunca hizo un escándalo. De hecho, los informes de gastos de la tarjeta de crédito corporativa que le dimos están vacíos. Cero movimientos en diez años.

Alexander se quedó en silencio, procesando la información.

— ¿Estás seguro?

— Completamente. Ella vive de lo que genera, supongo. O es muy austera.

Alexander sintió una extraña mezcla de admiración y sospecha. Todas las mujeres que se acercaban a él lo hacían por interés. ¿Qué clase de juego estaba jugando Lucía Flores? ¿O acaso era posible que simplemente no le interesara su fortuna?

Intentó reconstruir su rostro en su mente. No era fea. A pesar de haberla conocido en circunstancias deplorables, con el maquillaje corrido y los ojos hinchados, recordaba que tenía una belleza natural, algo salvaje. Unos ojos verdes que brillaban incluso en la oscuridad de aquel coche.

— Espero que siga viviendo en la casa que le asigné —murmuró Alexander—. Sería un problema tener que rastrearla por toda la ciudad a las cinco de la mañana.

— Sigue ahí, señor.

El coche giró en una esquina y se detuvo frente a una casona antigua de dos plantas, con una fachada de piedra y enredaderas que le daban un aire acogedor. Pero había algo diferente. Un cartel de madera elegante colgaba sobre la entrada, iluminado por una luz tenue.

Clínica Veterinaria Flores - Urgencias 24h

Alexander frunció el ceño.

— ¿Qué es esto, Damián? ¿Es una veterinaria?

— Sí, señor.

— No recordaba que hubiera un negocio en esta casa. —Alexander miró la fachada con desaprobación. Él le había dado una casa para vivir, no para montar un comercio—. ¿Desde cuándo permitió esto la inmobiliaria?

Damián apagó el motor y se giró hacia su jefe, con esa paciencia infinita que solo los empleados muy leales poseen.

— Señor, ¿recuerda que su esposa quería estudiar Veterinaria? Esa fue su única condición.

— Sí, lo recuerdo. Pero de ahí a convertir mi propiedad en un zoológico...

— Con todo respeto, señor De la Vega —interrumpió Damián—, usted no tiene propiedad sobre esta casa. Usted se la regaló. Las escrituras están a nombre de Lucía Flores desde hace una década. Ella puede hacer lo que quiera con el inmueble. ¿No lo recuerda?

Alexander se quedó mudo. Sí, vagamente recordaba haber firmado la cesión para "asegurar el trato". Maldijo por lo bajo. Había olvidado cuánto poder le había dado a esa desconocida en su afán por salvar la herencia.

— Bien. Toquemos la puerta.

Bajaron del coche. El aire de la madrugada era helado. Alexander se ajustó la chaqueta del esmoquin, sintiéndose ridículo vestido de etiqueta en medio de un barrio residencial silencioso.

Damián tocó el timbre. Una, dos, tres veces.

Esperaron.

Alexander comenzó a impacientarse. Estaba a punto de ordenar a Damián que derribara la puerta cuando se escucharon cerrojos girando.

La puerta se abrió.

Allí estaba ella.

No era la niña asustada de hacía diez años. La mujer que estaba frente a él irradiaba una fuerza tranquila, incluso recién levantada. Llevaba una bata de dormir sencilla, el cabello castaño ligeramente alborotado y la cara lavada. Pero fueron sus ojos verdes los que golpearon a Alexander como un puñetazo físico. Eran intensos, inteligentes y, en ese momento, gélidos.

Lucía lo observó de arriba abajo, deteniéndose en sus zapatos de charol, subiendo por el pantalón de sastre, la camisa desabotonada y finalmente llegando a sus ojos grises. No hubo un destello de reconocimiento inmediato, o si lo hubo, lo ocultó perfectamente tras una máscara de indiferencia.

La expresión de ella no era de agrado. Era la mirada que uno le dedica a un vendedor puerta a puerta inoportuno.

Alexander, sintiendo que perdía el control de la situación antes de empezar, decidió usar su mejor arma: el encanto cínico.

— A mí también me da gusto volver a verte, querida esposa —dijo, esbozando esa media sonrisa que solía derretir a las socias del club de campo.

Lucía no sonrió. Ni siquiera parpadeó. Se cruzó de brazos, cerrando aún más la bata sobre su pecho.

— Son las cinco de la mañana —dijo ella con voz ronca.

El silencio se estiró, incómodo.

— ¿Y bien? —insistió Alexander—. ¿Me dejarás aquí parado frente a la puerta como un extraño? ¿No vas a invitar a pasar a tu esposo a nuestra casa?

Lucía alzó una ceja, incrédula ante la audacia.

— ¿Nuestra casa? —repitió, remarcando la palabra con ironía—. Creo que los papeles dicen otra cosa, Alexander. Esta es mi casa. Y es mi clínica.

Justo en ese momento, una figura apareció detrás de Lucía en el pasillo. Alina, con el pelo revuelto y cara de susto, asomó la cabeza.

— Lucía, ¿cuál es la emergencia? Ya tengo la anestesia... —Alina se detuvo al ver que no había ningún perro agonizando, sino dos hombres vestidos de negro en el porche.

Lucía se giró medio segundo hacia su amiga.

— Vuelve a la cama, Alina. No hay ninguna emergencia con ninguna mascota. Es solo... una visita administrativa.

Alina miró de arriba abajo al hombre de la puerta. A pesar de la hora y el desaliño, Alexander de la Vega era objetivamente un hombre muy apuesto, con esa belleza aristocrática y peligrosa.

— ¿Este quién es? —preguntó Alina, sin filtro.

Alexander dio un paso adelante, ignorando la barrera invisible que Lucía había puesto.

— Su esposo —respondió él con voz firme, extendiendo la mano hacia la amiga—. Alexander de la Vega. Mucho gusto.

Alina abrió la boca y la cerró varias veces, como un pez fuera del agua. Miró a Lucía, luego a Alexander, y luego a Lucía de nuevo.

— ¿El esposo? ¿El fantasma? ¿El del contrato? —balbuceó.

— El mismo —confirmó Alexander.

Alina no pudo reaccionar. La realidad de que ese hombre existía y estaba allí, en su sala de estar, era demasiado para procesar sin café.

— Yo... eh... voy a ver si cerré bien la jaula de los gatos —dijo, y se retiró casi corriendo hacia la cocina, dejando a la pareja sola.

Alexander volvió su mirada gris hacia Lucía.

— Asustaste a mi amiga —le reprochó ella—. Y sigues invadiendo mi propiedad.

— ¿Entonces me dejarás pasar o tendremos esta conversación en la acera para que te escuchen los vecinos?

Lucía suspiró, derrotada por la lógica. Se hizo a un lado.

— Pasa. Pero rápido.

Alexander entró. El interior era cálido, olía a madera y a limpio, muy diferente al ambiente estéril de su propio ático.

— ¿Qué haces aquí? —preguntó Lucía, cerrando la puerta y apoyándose en ella, como si necesitara un soporte—. No has venido en diez años. Dudo que sea una visita de cortesía.

— Vine a buscarte —dijo él, yendo al grano—. Mi abuelo despertó del coma hace unas horas.

Los ojos de Lucía se abrieron un poco más. Recordaba al anciano Augusto, la razón de todo este teatro.

— ¿Despertó? Eso es... increíble. Los médicos decían que era imposible.

— Lo es. Es un hombre terco. Y lo primero que hizo fue exigir conocerte.

Lucía miró el reloj de pared.

— Alexander, son las cinco de la mañana.

— Se despertó a las tres, ¿qué puedo hacer? Cuando el viejo Augusto pide algo, el mundo se detiene. Y ahora está pidiendo a su nieta política.

— ¿Y qué esperas de mi? —preguntó Lucía, aunque ya temía la respuesta.

— Que me acompañes. Voy a esperar unos minutos a que te cambies y vamos al hospital. Tienes que conocerlo. Hoy. Ahora.

Lucía negó con la cabeza, pasándose una mano por la frente.

— No. No puedo ir así sin más. Tengo una agenda, Alexander. Tengo pacientes citados para cirugía a las ocho, tengo revisiones... No soy una muñeca que puedes sacar de la caja cuando te conviene.

Alexander se acercó a ella. Su presencia era abrumadora.

— Nada de eso importa hoy. Cancela todo. —Su voz no era una petición, era una orden—. Sabías que tarde o temprano sucedería esto, Lucía. Firmaste un contrato. Cláusula catorce: disponibilidad ante eventos familiares mayores.

Ella apretó los labios. Odiaba que tuviera razón. Odiaba que él conociera el contrato mejor que ella en ese momento. Sabía que pelear sería en vano. Él tenía el dinero, los abogados y, sobre todo, tenía su palabra firmada.

— Me alisto y bajo —dijo ella secamente, apartándose de él con brusquedad.

Subió las escaleras sintiendo la mirada de él en su espalda.

En su habitación, Lucía se quedó parada frente al armario un minuto entero, respirando hondo para no gritar. «Es solo un trámite. Vas, sonríes, le das la mano al viejo y vuelves a tu vida».

No sabía qué debía colocarse para ir a conocer a la familia de un multimillonario a las cinco de la mañana. No sabía nada de los gustos de Alexander, ni de lo que se esperaba de ella. ¿Debía ir de gala? Ridículo. ¿De vaqueros? Irrespetuoso.

Finalmente, optó por la neutralidad. Sacó un traje de lino color crema: pantalón ancho y un blazer entallado sobre una blusa de seda blanca. Era profesional, elegante y discreto. Se cepilló el cabello dejándolo suelto, se lavó la cara y aplicó un maquillaje mínimo para ocultar las ojeras.

Cuando bajó, Alexander estaba de pie junto a la chimenea apagada, mirando una foto enmarcada de Lucía con un perro que parecía reírse.

Al escuchar sus pasos, él se giró. Sus ojos grises se iluminaron con algo parecido a la aprobación.

— Adecuado —dijo él.

— Es lo mejor que vas a conseguir a esta hora —respondió ella, tomando su bolso.

— Espera. —Alexander metió la mano en el bolsillo interior de su chaqueta—. Tengo algo para ti. Algo que nunca te di y que será necesario si vamos a ver a mi abuelo.

Sacó una pequeña cajita de terciopelo rojo.

Lucía sintió un nudo en el estómago.

— ¿Qué es esto?

— Ábrelo.

Lucía tomó la caja y levantó la tapa. Dentro, descansando sobre la tela blanca, había un anillo impresionante. Un diamante solitario de corte esmeralda, enorme y puro, rodeado de pequeños brillantes. Era una joya que costaba más que toda la clínica veterinaria.

Lucía miró su mano izquierda, donde llevaba la sencilla alianza de oro blanco que él le había puesto el día de la boda "express".

— Póntelo —ordenó Alexander—. Es tuyo. Debería habértelo dado hace diez años, pero... las circunstancias no eran las ideales. Mi abuelo no creerá que somos un matrimonio feliz si llevas solo esa banda de metal simple. Necesitas lucir como la esposa de un De la Vega.

Lucía sacó el anillo. El metal estaba frío. Se quitó la alianza, deslizó el diamante en su dedo anular —le quedaba perfecto, maldito Damián y su eficiencia— y luego volvió a colocar la alianza para asegurarlo.

La joya pesaba. Pesaba como una cadena.

— Listo —dijo ella, levantando la mano para que él la viera. El diamante destelló bajo la luz de la lámpara—. ¿Ya parezco una esposa trofeo?

Alexander ignoró el sarcasmo, pero se acercó a ella, tomándola del codo con una familiaridad que no se habían ganado.

— Pareces mi esposa. Eso es suficiente. Vamos, Lucía. La función está a punto de empezar.

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