Mundo de ficçãoIniciar sessão(Diez años atrás)
Augusto de la Vega llevaba un mes en coma. Los abogados de la firma Moretti & Asociados, albaceas del testamento en vida del anciano, habían convocado a la familia para leer las disposiciones de emergencia.
Estaban todos. Eleonor y Ricardo, los padres de Alexander, sentados con una rigidez ansiosa. El tío Roberto, hermano menor del padre de Alexander y eterno aspirante al trono, tamborileaba los dedos sobre la mesa de caoba. Y, por supuesto, estaba Rodrigo.
Rodrigo, el primo. El rival. El hombre perfecto según los estándares de la alta sociedad.
Alexander observaba la escena desde la cabecera opuesta, con la mandíbula tensa. Sabía que estaban allí para verlo caer. Para verlo despojado de su derecho de nacimiento.
Su mente, sin embargo, viajó tres días atrás. Al momento exacto en que comprendió que estaba solo.
(Flashback: Tres días antes de la reunión)
La lluvia golpeaba los cristales del apartamento de Julieta. Alexander caminaba de un lado a otro de la sala, con una copa en la mano y la desesperación erosionando su habitual máscara de indiferencia.
— Estás loco, Alexander —dijo Julieta, dejando la taza de té sobre la mesa con un golpe seco.
Julieta era su ancla. Su amiga más cercana desde el preescolar. Habían compartido los pupitres del colegio privado, los apuntes de la universidad y los secretos que nadie más conocía. Ella era brillante, sensata y la única mujer que jamás había intentado meterse en su cama. Por eso había ido a buscarla.
— Es un contrato, Julieta. Solo un papel —insistió él, deteniéndose frente a ella—. Te daré lo que quieras. Acciones, propiedades, libertad total. Solo necesito que firmes el acta conmigo antes del viernes.
Julieta se puso de pie, cruzándose de brazos. Su mirada, usualmente cálida, estaba cargada de una tristeza que Alexander no supo interpretar en ese momento.
— Por supuesto que no. Todo el mundo sabe que eres un mujeriego, Alexander. Aún no entiendo cómo lograste terminar la universidad. Te la pasabas de fiesta en fiesta, de mujer en mujer, mientras yo me quemaba las pestañas estudiando.
— Eso es pasado. Ahora necesito salvar la empresa.
— Querido, el casamiento y la familia no son para ti —dijo ella con una dureza que le dolió—. No tienes ni idea de lo que significa un compromiso. Crees que todo se arregla con dinero o con una sonrisa encantadora. Pues esta vez no.
— Julieta, por favor. Si no lo hago, Rodrigo se quedará con todo.
— Tu primo ya está casado —replicó ella implacable—. Ya tiene un hijo en camino. Quizás él sea la persona idónea para seguir con el legado familiar. Él proyecta estabilidad. Tú proyectas caos.
Alexander sintió la traición como un golpe físico.
— ¿Estás de su lado?— Estoy del lado de la realidad. No creo que te dejen sin nada, Alexander. Tienes un fideicomiso. De todos modos, puedes trabajar. Eres inteligente, cuando quieres serlo.
— No te voy a convencer, ¿verdad?
— No. —Julieta bajó la voz, y sus ojos se cristalizaron—. Perdón, pero no. Te cubrí muchas veces, Alexander. Te ayudé con los exámenes, te pasé las tareas, te saqué de comisarías cuando conducías borracho. ¿Y sabes por qué lo hice?
Alexander soltó un suspiro frustrado.
— Porque somos amigos, Julieta. Los amigos hacen eso, se ayudan.Julieta soltó una risa amarga, negando con la cabeza. Se acercó a él y le tocó la mejilla con una suavidad que lo paralizó.
— No, idiota. Lo hice porque te quiero.El silencio llenó la habitación. Alexander se quedó helado. Nunca, en todos esos años, se le había ocurrido pensar que Julieta...
— Siempre he estado enamorada de ti —confesó ella, con la dignidad de quien acepta una derrota—. Y por eso mismo no puedo casarme contigo. No podría soportar ser tu esposa trofeo, sabiendo que es una farsa, sabiendo que nunca me mirarás como miras a esas modelos de una noche. Me destruiría.
Alexander no supo qué decir. Por primera vez, se quedó sin palabras.
— Vete, Alexander —dijo ella, dándole la espalda—. Suerte con esto. Pero búscate otra para tu juego.
Alexander salió de ese apartamento sintiéndose más perdido que nunca. La mujer en la que confiaba lo había rechazado por amor. La ironía era cruel. Se subió a su coche y condujo sin rumbo bajo la tormenta, sintiendo que el reloj de arena de su herencia se vaciaba. La suerte parecía haberlo abandonado.
Pero, como todo en la vida de Alexander de la Vega, el destino tenía un sentido del humor retorcido. Esa misma noche, bajo esa misma lluvia, la suerte volvió a ponerse de su lado al encontrar a una novia llorando en la acera de una iglesia.
(De vuelta a la reunión familiar)
— Bien —dijo el abogado principal, el doctor Alarcón, ajustándose las gafas—. Como saben, la cláusula 4B del testamento del señor Augusto es clara. El control del Grupo Vega pasará al primogénito de la línea directa, Alexander, únicamente si demuestra estabilidad conyugal antes de cumplir los veintisiete años. De lo contrario, la presidencia y el control accionario recaerán en el siguiente miembro calificado de la familia: el señor Rodrigo de la Vega.
Rodrigo sonrió. Era una sonrisa amplia y satisfecha. Se reclinó en su silla, alisándose el traje.
— Creo que está todo dicho —intervino el tío Roberto—. Alexander sigue soltero, su reputación está por los suelos y el plazo venció el viernes pasado a medianoche. Deberíamos proceder con la transferencia de poderes. Rodrigo está listo para asumir el cargo.Los padres de Alexander bajaron la cabeza, avergonzados.
— Un momento —la voz de Alexander cortó el aire.
Todos se giraron hacia él. Alexander sacó una carpeta de cuero de su maletín y la deslizó sobre la larga mesa pulida hasta que se detuvo frente al abogado.
— El plazo vencía el viernes a medianoche. Este documento tiene fecha y hora de viernes 13 a las 11:45 PM.
El abogado abrió la carpeta. Se hizo un silencio sepulcral mientras leía. Rodrigo dejó de sonreír.
— Es un acta de matrimonio —anunció el abogado, levantando las cejas con sorpresa—. Totalmente legal y registrada.— ¿Qué? —explotó el tío Roberto, poniéndose de pie—. ¡Eso es imposible! ¡Es falso!
— No, querido tío —dijo Alexander con una calma gélida, disfrutando el momento—. Soy un hombre casado.
Rodrigo le arrebató el papel al abogado y lo leyó con desesperación.
— ¿Lucía Flores? —escupió el nombre como si fuera veneno—. ¿Quién demonios es Lucía Flores? Nadie conoce a esa mujer. Jamás te hemos visto con ella. ¡Esto es un fraude, Alexander! ¡Seguro pagaste a una actriz o falsificaste la firma!
— Cuidado con lo que dices, primo —advirtió Alexander, y su voz bajó una octava, volviéndose peligrosa—. Estás hablando de mi esposa. Y estás insultando mi honor.
— ¡Quiero una auditoría! —gritó el tío Roberto—. ¡Exijo ver a esa mujer! ¡Exijo interrogarla! Esto es una treta para robar la herencia. Esa mujer no existe, o es una prostituta que contrataste en la esquina.
Alexander se puso de pie. Su altura y su presencia dominaron la sala.
— Mi esposa es una mujer respetable. Y no voy a permitir que la sometan al escrutinio de buitres como ustedes que solo quieren destrozarla para quitarme lo que es mío.
— ¡Tenemos derecho a conocerla! —insistió la madre de Alexander, Eleonor, hablando por primera vez, confundida y esperanzada—. Hijo, si te has casado... ¿por qué no la traes?
Alexander miró a su madre, luego a su tío y finalmente a Rodrigo. Sabía que no podía presentar a Lucía en ese momento. Estaba asustada, no tenía preparación, y estos lobos se la comerían viva. Necesitaba tiempo. Necesitaba que Lucía se formara, que el contrato se asentara.
— La conocerán —dijo Alexander con firmeza—. Pero no hoy. No ante este tribunal inquisidor.
— ¿Entonces cuándo? —desafió Rodrigo—. Si es real, preséntala. Si no la presentas, asumiremos que es un fraude y lo impugnaremos ante la corte.
Alexander sonrió. Sabía cuál era la única carta que nadie podía debatir.
— La conocerán el día que el abuelo despierte.Un murmullo recorrió la sala.
— Augusto podría no despertar nunca —dijo el abogado con cautela.— Entonces esperaremos —sentenció Alexander—. Mi abuelo es el único juez que acepto. Él puso la condición, él validará el cumplimiento. Hasta que él abra los ojos, Lucía Flores es la Señora De la Vega, y yo soy el presidente de esta compañía. ¿Alguna otra pregunta?
Nadie dijo nada. La jugada era arriesgada, pero legalmente impecable. Alexander había ganado tiempo. Pensó que serían semanas, quizás meses.
Nunca imaginó que serían diez años.
(Presente)
El Maybach se detuvo suavemente frente a la entrada privada del Hospital Universitario Central. El motor se apagó, devolviendo a Alexander al presente.
Miró a la mujer sentada a su lado. Lucía miraba por la ventana con la mandíbula apretada, girando inconscientemente el enorme anillo de diamantes que él le había obligado a ponerse hacía veinte minutos.
Diez años de mentiras. Diez años de mantener a raya a su familia con la excusa de "respetar la voluntad del abuelo". Rodrigo había intentado impugnar el matrimonio mil veces, pero los papeles eran sólidos y Alexander había blindado la identidad de Lucía con celo paranoico.
Pero el día había llegado. El viejo Augusto había abierto los ojos. El juez supremo estaba listo para dictar sentencia.
— Llegamos —anunció Damián, abriendo la puerta trasera y dejando entrar el frío de la mañana.
Alexander sintió una punzada de nerviosismo que no experimentaba desde aquella reunión en la sala de juntas. Se giró hacia Lucía.
— Escúchame bien —le dijo en voz baja, antes de salir—. Ahí dentro hay tiburones. Mi tío, mi primo Rodrigo... todos querrán ver que esto es una farsa. Si dudas, si titubeas, nos destruirán a los dos.
Lucía se giró lentamente y lo miró con esos ojos verdes que ahora parecían hechos de cristal cortado.
— Tú te preocupas por tu dinero, Alexander. Yo me preocupo por acabar con esto para poder volver a mis pacientes. No te preocupes por mí. Preocúpate de que tú puedas seguirme el ritmo.
Ella salió del coche primero, ignorando la mano que Damián le ofrecía. Alexander la observó caminar hacia la entrada del hospital con la cabeza alta y el paso firme. Su traje de lino impecable y el diamante en su mano gritaban poder y clase.
Alexander sonrió para sus adentros, ajustándose la chaqueta. Quizás, solo quizás, la suerte seguía de su lado.
Julieta tenía razón diez años atrás: él necesitaba una esposa, no un trofeo. Y parecía que, sin saberlo, había elegido a una guerrera.Caminó tras ella, listo para la batalla.
— Vamos a conocer al abuelo —murmuró.







