CAPÍTULO 3

CAPÍTULO 3

(Diez años atrás)

El sonido de la lluvia golpeando el techo del coche era lo único que rompía el silencio sepulcral en el interior de la limusina. 

Lucía Flores estaba sentada en el borde del asiento de piel color crema, tratando inútilmente de no mojar la tapicería con su vestido de novia empapado. El agua fría le calaba los huesos, pero el temblor de sus manos no era solo por el frío. Era por el hombre sentado frente a ella.

Alexander de la Vega la observaba con la misma atención clínica con la que un depredador evalúa a una presa herida. No había lástima en su mirada, solo cálculo. Le había ofrecido una toalla seca que sacó de un compartimento oculto, y ahora esperaba a que ella dejara de tiritar para hablar de negocios.

— Bebé esto —ordenó él, extendiéndole un vaso de cristal con un líquido ámbar.

Lucía lo tomó con dedos torpes.

— ¿Qué es?

— Brandy. Te ayudará a entrar en calor. Lo necesitas si quieres prestar atención a lo que voy a decirte.

Lucía bebió un sorbo. El líquido le quemó la garganta, pero el calor se expandió rápidamente por su pecho, disipando un poco la niebla del shock. Fernando la había dejado. Se había casado con otra. Estaba sola. Y este desconocido acababa de proponerle matrimonio en la acera.

— Bien —dijo Alexander, dejando su propio vaso sobre una mesita lateral—. No tenemos mucho tiempo, Lucía. Tengo que estar casado antes de medianoche. Así que seré directo.

Él se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas. Su aura de poder llenaba el espacio reducido del vehículo.

— Esto es un negocio. Nada más. Tú necesitas... bueno, a juzgar por tu situación, necesitas todo. Y yo necesito un acta de matrimonio.

— ¿Por qué? —preguntó ella. Su voz sonaba extraña en sus propios oídos, lejana.

— Porque mi abuelo, el dueño de todo lo que ves y de lo que no ves, puso una cláusula muy específica en su testamento. Debo ser un hombre "estable y de familia" para heredar el control total del conglomerado. —Alexander hizo una mueca de disgusto al pronunciar esas palabras—. Irónicamente, ahora él está fuera de juego, pero sus abogados no.

— ¿Fuera de juego?

— Está en coma —aclaró Alexander con frialdad—. Sufrió un derrame hace unas semanas. Los médicos no son optimistas, pero legalmente sigue siendo el presidente de la compañía. Si no me caso hoy, fecha límite que él estipuló hace un año, el control pasa a una junta directiva de buitres que desmantelará la empresa en meses.

Lucía bajó la mirada al vaso que sostenía. Un hombre en coma. Un nieto desesperado.

— Ojalá se despierte pronto —murmuró ella. Y lo dijo de corazón. Sabía lo que era perder a la familia, sabía lo que era la ausencia. No le deseaba la muerte a nadie, ni siquiera al abuelo de este hombre arrogante.

Alexander la miró, buscando algún rastro de sarcasmo o adulación, pero solo encontró honestidad en sus ojos verdes. Eso lo desconcertó un segundo. Recuperó la compostura rápidamente.

— Ojalá así sea —concedió él, aunque su tono sugería que le preocupaba más la empresa que el anciano—. Pero vamos a las condiciones. Si aceptás, firmaremos dos documentos ahora mismo. El acta de matrimonio civil y un contrato prenupcial y de confidencialidad muy estricto.

— ¿Condiciones?

— La principal es la duración —explicó Alexander, enumerando con los dedos—. No nos podemos divorciar hasta que mi abuelo me ceda el control total de la empresa y la herencia esté legalmente a mi nombre.

— ¿Y eso... como en cuánto tiempo será? —preguntó Lucía. La idea de estar atada a un desconocido le daba vértigo.

— No lo sé. Pueden ser meses. Pueden ser años. Depende de si despierta o... si fallece. —Alexander lo dijo sin pestañear—. Hasta entonces, serás la Señora De la Vega ante la ley.

Lucía asintió lentamente. No tenía a dónde ir. El apartamento que compartía con Fernando ya no era su hogar; No tenía dinero; se lo había gastado todo en la boda y en los estudios de él.

— Además del tiempo, hay reglas de convivencia —continuó Alexander, sacando una carpeta de cuero negro de su maletín—. Quiero que entiendas que esto será un matrimonio solo de papel. Una fachada. No compartiremos casa, ni cuarto, ni cama.

Al escuchar eso, Lucía sintió un alivio inmenso. El miedo a que él esperara "derechos conyugales" se disipó.

— No compartiremos nuestros días —siguió él, tajante—. Tú podrás seguir haciendo tu vida como si yo no existiera. No tendrás que acompañarme a cenas, ni viajes, ni fingir sonrisas en cócteles aburridos. Salvo que sea una cuestión de fuerza mayor donde necesite tu presencia para mantener la farsa.

— ¿Y si eso ocurre?

— Me avisas con tiempo si tú tienes un problema, y yo te avisaré a ti —dijo él—. Pero mi intención es mantenerte oculta. Será mejor que no te presente a la prensa, ni a mi familia todavía.

— ¿Por qué?

— Porque mi familia es... complicada. Y la prensa es voraz. No quiero que te persigan sin necesidad, y francamente, no tengo tiempo para enseñarte protocolo ni etiqueta ahora mismo. Prefiero mantenerte en el anonimato. Una esposa discreta es una esposa valiosa.

— Me parece bien —respondió Lucía. No tenía ningún interés en ser famosa ni en conocer a gente rica que la miraría por encima del hombro, tal como lo había hecho Victoria Navarro en la iglesia.

Alexander la observó. Lucía no tenía idea de quién era él. Para ella, él era solo un traje caro y una billetera abultada. Eso le gustaba. Las mujeres que sabían quién era Alexander de la Vega solían fingir desinterés mientras calculaban los ceros de su cuenta bancaria. Lucía parecía genuinamente ajena a su mundo.

— ¿Conoceré a tu familia algún día? —preguntó ella, solo por curiosidad.

— Probablemente no. Solo si es estrictamente necesario, como ya dije. ¿Y tu familia? —preguntó él, con el bolígrafo suspendido sobre el papel—. ¿Tendré que lidiar con un padre celoso o hermanos buscando empleo?

— No —dijo Lucía con voz firme, levantando la barbilla—. Soy huérfana. Crecí en un orfanato. No tengo a nadie.

Alexander asintió. Perfecto, pensó. Sin lazos, sin dramas, sin suegros. La candidata ideal había caído del cielo, literalmente.

— Bien. Hablemos de tu compensación. —Alexander adoptó su tono más profesional—. No trabajo gratis y no espero que tú lo hagas. A cambio de tu firma y tu tiempo, te daré una casa. Tengo una propiedad en la zona norte. Es modesta para mis estándares, pero confortable. La pondré a tu nombre inmediatamente. Será tuya, pase lo que pase con nosotros.

Una casa. Un techo propio. Algo que nadie podría quitarle. A Lucía se le llenaron los ojos de lágrimas, pero parpadeó para contenerlas.

— Y te daré una cantidad de dinero todos los meses. Una suma más que suficiente para que vivas cómodamente sin tener que trabajar si no quieres.

Lucía miró por la ventana empañada. El dinero era tentador, sí. Pero ella no quería ser una mantenida. Fernando la había usado y luego descartado porque ella se había quedado estancada mientras él avanzaba. No volvería a cometer ese error. Ella tenía un sueño.

— ¿Hay algo que desees en particular? —preguntó Alexander, sacándola de sus pensamientos—. ¿Un coche? ¿Joyas? ¿Viajes? Pide ahora, Lucía. Soy un hombre generoso cuando se trata de cerrar tratos.

Lucía se giró y lo miró a los ojos. En ese momento, Alexander vio por primera vez el acero detrás de la tristeza de la chica.

— Quiero estudiar —dijo ella—. Quiero estudiar la carrera de Veterinaria.

Alexander arqueó una ceja, sorprendido.

— ¿Eso es todo? ¿Veterinaria?

— Sí. Fernando... mi prometido... —la palabra se le atragantó, amarga—, él estudió Derecho con mi ayuda. Yo pospuse mi carrera por él. No quiero joyas, Alexander. Quiero un título. Quiero ser alguien por mí misma.

Alexander sintió una pizca de respeto. Era una petición inteligente. Las joyas se pierden, el dinero se gasta, pero un título y el conocimiento eran suyos para siempre.

— Hecho —dijo él sin dudarlo—. Damián se encargará.

— ¿Damián?

— Mi hombre de confianza. Él está conduciendo ahora. —Alexander señaló hacia la cabina del conductor, separada por un cristal oscuro—. Damián Rossi se encargará de matricularte y pagarte toda la carrera en una de las mejores universidades del país. Libros, materiales, especializaciones... todo corre por mi cuenta. De ti depende si terminas o no la carrera. Yo pongo los medios, tú pones el esfuerzo.

— Me parece justo.

— Si llegaras a ocupar algo —añadió Alexander, volviendo a mirar los papeles—, puedes comunicarte con él. De hecho, cualquier asunto, problema con la casa, o necesidad médica, lo hablas directamente con Damián. Él es mi intermediario.

— ¿No hablaré contigo?

— No. —Alexander fue tajante—. Una cosa más, y esto es vital: no habrá contacto entre nosotros. Yo tengo mi vida, mis negocios y... mis asuntos privados. Tú tendrás la tuya. No te pediré fidelidad, Lucía, porque no es un matrimonio real.

Alexander pensó en agregar una cláusula de discreción. Él no pensaba ser fiel; su vida de soltero codiciado no iba a detenerse por un papel. Pero tampoco quería que Lucía apareciera en las portadas de revistas baratas con tres novios diferentes.

— Sin embargo —aclaró—, le diré a mi abogado que agregue una cláusula de discreción en el contrato de confidencialidad que te llegará mañana. Haz lo que quieras, con quien quieras, pero que sea privado. No me avergüences. Si sales con alguien, que no se enteren las cámaras. ¿Entendido?

— No tengo intención de salir con nadie —respondió Lucía con amargura—. Creo que he tenido suficiente de los hombres por una vida entera.

— Mejor así —dijo él, indiferente. Pero sabía que Lucia era joven y ahora solo estaba lastimada. En unos años cambiaría de opinión y debería de estar protegido. 

Alexander extendió el contrato sobre la pequeña mesa de nogal desplegable. Le tendió una pluma estilográfica de oro y laca negra.

— Firma aquí, aquí y aquí.

Lucía tomó la pluma. Pesaba. Se quedó mirando las líneas negras del texto legal. Palabras como "bienes separados", "duración indefinida", "cesión de derechos".

Por un momento, se preguntó dónde estaba la trampa. Parecía demasiado fácil. Casa, estudios, dinero, a cambio de una firma. Pero luego recordó la cara de Fernando riéndose de ella con Victoria. Recordó que no tenía dónde dormir esa noche.

Miró a Alexander. Él no la estaba salvando por bondad. La estaba usando. Pero ella también lo estaba usando a él. Era un intercambio justo. Dos náufragos aferrándose a la misma tabla por razones diferentes.

— ¿Estás de acuerdo? —preguntó él, impaciente, mirando su reloj. Faltaban cuarenta minutos para la medianoche.

Lucía respiró hondo, tragándose el miedo y la nostalgia de la vida que pensó que tendría. Esa vida había muerto.

— Sí —dijo con firmeza—. Estoy de acuerdo.

La pluma rasgó el papel. Lucía Flores.

Con ese trazo, vendió su libertad y compró su futuro.

Alexander tomó los papeles rápidamente, verificó las firmas y suspiró con alivio evidente. Guardó todo en la carpeta y golpeó el cristal divisorio con los nudillos dos veces.

El coche arrancó con suavidad, deslizándose por la carretera mojada.

— Bienvenida a la familia, esposa —dijo Alexander, sirviéndose otro trago y mirando su móvil, olvidándose de ella al instante.

Lucía se recostó en el asiento, mirando las luces de la ciudad pasar borrosas por la lluvia. No se sentía una esposa. Se sentía como una sobreviviente. Y por primera vez en toda la noche, dejó de llorar.

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