CAPÍTULO 44
Nadie en la mansión había preguntado por Lucia. Allí todo transcurría como un día normal.
Alexander estaba inquieto.
No podía soportarlo. La duda lo carcomía como un ácido.
¿Quién era ese tipo? ¿Qué tenía ese tal Mateo? ¿Por qué Lucía estaba dispuesta a dormir en una clínica incómoda solo para sostenerle la mano?
Cada minuto que pasaba imaginando a su esposa acariciando la frente de un jinete herido, sentía que perdía la razón.
— No, puedo quedarme aquí—gruñó Alexander, golpeando e