CAPÍTULO 43
Cuando las puertas automáticas del hospital se abrieron, el olor a antiséptico y el brillo clínico de las luces fluorescentes la golpearon de frente. Buscó frenéticamente por la sala de urgencias hasta que sus ojos se posaron en una figura pequeña sentada sobre una camilla metálica.
Allí estaba él. Mateo, con su rostro habitualmente travieso ahora pálido y surcado por restos de lágrimas secas. A su lado, la Madre Superiora mantenía una mano firme y protectora sobre su hombro, mientr