CAPÍTULO 32
El silencio en la sala de juntas fue sepulcral, absoluto y aterrador.
Los accionistas miraban a Augusto con la boca abierta. Rodrigo tenía los ojos desorbitados, fijos en un punto invisible de la mesa de caoba. Alexander, el príncipe heredero que acababa de ser despojado de la corona delante de todos, estaba pálido, con los puños cerrados sobre la mesa.
Al principio, todos esperaban que el viejo patriarca soltara una carcajada, que dijera que era una broma de mal gusto para probar