CAPÍTULO 33
Lucía Flores estaba de pie, con la espalda pegada a la puerta cerrada, respirando agitadamente. Su pecho subía y bajaba, no por el esfuerzo físico de haber corrido tras el abuelo, sino por la adrenalina tóxica de estar encerrada nuevamente con su verdugo. Pero esta vez, la dinámica había cambiado.
Frente a ella, rodeado de torres de carpetas y estatutos corporativos, Fernando Castillo la miraba. Se había aflojado el nudo de la corbata y tenía una fina capa de sudor en la frente. Sus