CAPÍTULO 28
El trayecto hacia la Hacienda El Roble se sintió más largo que un viaje transatlántico. Alexander conducía con la mandíbula apretada, sus manos aferradas al volante con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. La imagen de ella hablando por teléfono en la habitación, susurrando "Te amo, Mateo" y "Eres mi vida entera", se repetía en su mente como una grabación corrupta.
Lucía, por su parte, revisaba ansiosamente su celular, leyendo el historial clínico de Tormenta,