CAPÍTULO 118
Alexander abrió la puerta del pasajero de su camioneta SUV y extendió una manta de lana gruesa sobre el asiento de cuero.
— Vamos, amigo —murmuró, agachándose para levantar al perro.
El animal, que aún cojeaba y la falta de su pata trasera le daba un andar peculiar, a saltos, pero sus ojos ya no tenían el brillo opaco del miedo callejero. Ahora brillaban con la seguridad de saberse querido.
Alexander lo acomodó en el asiento, asegurándose de que estuviera cómodo.
— Hoy te toca cur