CAPÍTULO 122
Había pasado una semana exacta. Desde aquella mañana fatídica en el hospital, el silencio en torno al estado de Augusto se había convertido en una pared impenetrable. Matilde seguía atrincherada en la clínica privada, filtrando la información con cuentagotas, manteniendo a sus hijos y nietos en un limbo de incertidumbre que, irónicamente, había logrado lo que décadas de gestión empresarial no habían podido: la paz.
En la Vegacorp, contra todo pronóstico y lógica, había sido una bue