Capítulo 36. ¡Púdrete, anciano!
Los escoltas derribaron la puerta de un solo golpe y Félix se lamía los labios con anticipación. Ya podía saborear encontrarla y regresarla a la mansión.
—¡No le hagan daño!—, suplicó la señora Gertrudis arrodillada en la sala de su casa.
Entró Jiménez seguido de Urdaneta y comenzaron a buscar dentro de la habitación, pero salieron rápidamente con las manos vacías.
—Allí dentro no hay nadie, señor Félix—, dijo Urdaneta resignado.
Félix volteó de inmediato hacia la señora Gertrudis y con pa