35. Gracias, Harry

La niebla se volvió más espesa. El aire fresco de la montaña ahora resultaba asfixiante. La tensión entre los tres envolvía el pequeño patio de la casa de madera de James como una cuerda a punto de romperse en cualquier momento.

Harry permanecía frente a la verja, con los ojos brillando de rabia y dolor, como alguien que acaba de perder algo cuyo verdadero valor nunca supo apreciar. Su respiración era pesada. Miraba a Emma —ya no con burla, sino con una posesividad inquietante.

—Emma —dijo en v
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