36. Después de que la niebla se disipara
Se sentaron en el banco de madera del porche, contemplando el valle cubierto por una fina bruma. El aire de la montaña traía aroma a pino y tierra húmeda, serenando las mentes aún tensas. James miró a Emma a su lado: el rostro que antes había sido frágil ahora parecía más fuerte, más maduro en las heridas que había atravesado.
—Emma —la llamó con suavidad.
Ella se volvió; sus ojos aún estaban húmedos, pero en sus labios asomaba una leve sonrisa.
—Has estado increíble —dijo James—. Nunca te