152. La promesa del meñique
Cinco días después de que la casa volviera a llenarse de visitantes, aquella mañana se sentía inusualmente tranquila.
Ningún coche de lujo se detuvo frente a la verja. No llegaron nuevos arreglos florales. Solo un vehículo gris entró lentamente y se estacionó con pulcritud.
El Dr. Adrian bajó, llevando su maletín negro.
Emma ya estaba esperando en la terraza.
—Gracias por venir a casa, doctor —dijo con cortesía.
—¿Cómo está nuestro paciente? ¿Sigue siendo testarudo? —preguntó con una leve sonri