100. La línea no dicha
La noche cayó junto con un cansancio que James no tuvo oportunidad de liberar. Dentro del coche, condujo sin música, sin llamadas—solo el zumbido del motor y sus propios pensamientos. Cada semáforo en rojo se sentía como una pausa demasiado larga para preguntas que se negaba a responder.
En casa, Emma lo estaba esperando en la sala. Las luces eran tenues, lo suficiente para ver los rostros del otro sin tener que fingir. James se quitó la chaqueta y la colgó con cuidado—un hábito de siempre que