Emma colgó el teléfono con manos temblorosas, sintiendo que la emoción inicial de la oferta se había transformado, en cuestión de segundos, en un peso abrumador que le oprimía el pecho. Se quedó de pie en medio de la cocina principal, con la tarta de manzana todavía tibia sobre la encimera, incapaz de procesar del todo la magnitud de la decisión que Alessandro acababa de colocar frente a ella.
Durante años había soñado con un momento así, el reconocimiento profesional que tanto había anhelado,