Luca colgó el teléfono con una brusquedad que hizo eco en las paredes de mármol de la cocina, y Emma pudo notar cómo sus hombros, que apenas minutos antes se habían relajado con una calidez inusual, volvían a tensarse con la misma rigidez de siempre. Se quedó de espaldas a ella durante varios segundos, respirando profundamente, como si necesitara recomponer alguna versión de sí mismo antes de poder girarse de nuevo.
—¿Estás bien? —preguntó Emma, con cautela, sin saber si debía acercarse o mante