Emma no durmió esa noche. Se quedó sentada en el pequeño salón contiguo a su habitación, con la carta de su madre extendida sobre su regazo, releyendo cada línea una y otra vez hasta que las palabras dejaron de tener sentido de tanto repetirlas en su mente. Al amanecer, con los ojos hinchados por el llanto contenido y una determinación fría instalándose en su pecho, decidió que necesitaba respuestas directas, sin intermediarios, sin más mentiras disfrazadas de protección familiar.
Tomó el prime