La lluvia había comenzado a amainar cuando finalmente decidieron regresar a la mansión, todavía envueltos en ese abrazo que parecía haber disuelto, al menos momentáneamente, todo el dolor acumulado durante ese día devastador. El trayecto de vuelta transcurrió en un silencio distinto al de otras veces, no la fría distancia de las primeras semanas, sino una calma cargada de una intimidad recién descubierta, de manos entrelazadas que ninguno de los dos parecía dispuesto a soltar.
Al llegar, Ottavi