El silencio tras la salida de Ripley parecía más pesado que cualquier conversación que Lucy y Sawyer hubieran tenido.
Caminaban por los pasillos del hospital sin decir una sola palabra, cada paso resonando como un eco de la tensión que todavía los rodeaba.
Lucy se aferraba a la cartera con fuerza, los nudillos blancos de apretar el cuero, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas que no quería dejar escapar.
Sentía como si el suelo desapareciera bajo sus pies, y la presión de las palabras de Ripley le golpeara el pecho con la fuerza de un martillo. Todo en ella gritaba miedo, culpa, desesperación.
—Sawyer… —su voz era apenas un susurro, quebrada, casi rota—… tenemos que… debemos separarnos.
Sawyer se detuvo en seco, girándose hacia ella con el ceño fruncido, y su corazón se tensó al ver la expresión de Lucy: ojos llenos de miedo, labios temblorosos, la respiración entrecortada.
Todo en ella parecía suplicar por protección, pero al mismo tiempo, estaba convencida de lo que decía.
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