El silencio de su oficina era casi ensordecedor, solo interrumpido por el tic-tac del reloj en la pared.
Kenneth se recostó en su silla de cuero, entrelazando los dedos sobre el escritorio, mientras observaba cómo la luz del atardecer se filtraba por las cortinas, proyectando sombras largas y angulosas sobre el suelo.
Tenía una sonrisa calculadora en el rostro, esa que podía helar la sangre de cualquiera, y estaba disfrutando cada segundo de la situación que se avecinaba.
Justin se encontraba frente a él, con los brazos cruzados y la mirada tensa.
La tensión entre ellos era palpable; algo más que simple respeto profesional.
Kenneth lo miró fijamente y dejó que el silencio creciera, disfrutando del momento antes de romperlo con su voz fría y medida:
—Así que, hijo de Sawyer, siempre pensé que te parecerías más a tu madre en términos de sentido común, pero veo que la arrogancia viene con los genes —dijo Kenneth con sorna, dejando que cada palabra golpeara con precisión.
Justin entre