El silencio de su oficina era casi ensordecedor, solo interrumpido por el tic-tac del reloj en la pared.
Kenneth se recostó en su silla de cuero, entrelazando los dedos sobre el escritorio, mientras observaba cómo la luz del atardecer se filtraba por las cortinas, proyectando sombras largas y angulosas sobre el suelo.
Tenía una sonrisa calculadora en el rostro, esa que podía helar la sangre de cualquiera, y estaba disfrutando cada segundo de la situación que se avecinaba.
Justin se encontraba