Sawyer se incorpora en la cama, sus ojos todavía cargados de la fatiga y la palidez de la cirugía reciente.
Su porte cambia de inmediato; la tensión de la situación, combinada con la urgencia de su familia, despierta en él esa presencia que le ha ganado el apodo de El Verdugo.
Sus hombros se enderezan, su mirada se vuelve penetrante y su voz, profunda y firme, corta el aire con autoridad.
—Margo —dice, cada palabra medida, pesada, llena de intención—. ¿Ha perdido a su sobrina?
Margo se queda