La oficina de Kenneth estaba en penumbra, solo iluminada por la luz amarilla del atardecer que se filtraba por las persianas.
La atmósfera era densa, cargada de la misma electricidad que había recorrido la sala la primera vez que había hablado con Justin.
Kenneth se recostó en su silla, cruzando los brazos con esa sonrisa calculadora que parecía prometer tormenta. Sabía que había encendido algo en el joven que estaba dispuesto a explotar.
—Bien, Justin —dijo, la voz baja pero firme—. Tenemos