ISABELLA
Por más que Vincenzo gritara detrás del auto, este no disminuyó la velocidad. Al contrario, aceleró hasta convertirse en un punto negro que se desvanecía en la distancia.
Solo cuando la silueta desapareció del retrovisor, Alexander levantó el pie del acelerador.
Le lancé una mirada de desconfianza.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué tanta prisa? ¿Nos quieres matar o qué?
Ignoró la indirecta y me preguntó:
—Si Vincenzo viniera llorando, arrepentido de todo y te rogara que volvieras con él, ¿lo harí