El ascensor sube lento, y Henry, de pie junto a Valentina, siente una satisfacción tan profunda que casi podría saborearla.
Su presa está tan cerca, tan confiada. Inocente. Ignora que cada palabra, cada sonrisa que él le regaló esta noche, fue calculada con la precisión de un bisturí.
La observa de reojo. Valentina se recoge un mechón de cabello tras la oreja, nerviosa pero emocionada.
Sus mejillas tienen un leve rubor, y sus labios, apenas entreabiertos, insinúan una vulnerabilidad que a Henr