Los golpes insistentes en la puerta la sobresaltan.
Isabella deja el paño de cocina sobre la encimera y cruza el apartamento con el corazón desbocado. Es tarde. No espera a nadie. Y los niños ya están dormidos.
Cuando abre, encuentra a Alexander plantado en el umbral, empapado por la llovizna, el ceño fruncido y los labios apretados en una línea dura.
Está empapado, tiene todo el traje mojado, el pelo revuelto y, aun así, no puede evitar devorarlo con la mirada. Por mucho que lo ha intentado, n