Herencias que no sanan

El silencio envuelve el apartamento como una sábana tibia. Solo el leve zumbido del refrigerador y la respiración pausada de los trillizos en sus habitaciones le recuerdan a Isabella que no está sola.

Se ha sentado en el sofá del salón con una manta en las piernas, una taza de té medio frío en las manos y la mente demasiado despierta como para considerar dormir. Esta noche, su alma está en carne viva.

Perdonó a Henry.

No porque lo mereciera, sino porque ella necesitaba hacerlo.

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