El sol de la tarde se filtraba entre las enormes cristaleras del edificio, tiñendo todo de un tono ámbar cálido.
Valentina salió del ascensor cargada hasta el límite, equilibrando torpemente varias carpetas gruesas, su bolso y una botella de agua medio abierta que amenazaba con derramarse en cualquier momento.
Sus zapatos hacían eco contra el suelo de mármol, y un mechón rebelde se deslizó sobre su frente perlada de sudor.
«Perfecto, qué imagen más elegante», pensó con sarcasmo, ajustándose e