El despacho está en silencio, pero no de ese tipo sereno que da paz. Es un silencio tenso, punzante, como si cada molécula del aire se estremeciera de rabia contenida.
Alexander observa la pantalla del ordenador sin ver realmente lo que hay frente a él. Su mandíbula está tan tensa que duele, y sus dedos tamborilean con violencia sobre el brazo del sillón de cuero.
Henry está en la sala de juntas. Lo sabe porque lo ha visto entrar por las cámaras de seguridad que ahora revisa como si se tratara