La carta de renuncia tiembla entre sus manos.
Isabella la ha escrito y borrado una docena de veces. Pero esta vez, las palabras permanecen. Frías. Irrevocables. La tinta de su firma aún está fresca, como un tatuaje que sangra.
—Esto es lo mejor —susurra, más para convencerse que como afirmación—. Es lo correcto.
Alexander no está. No quiso que lo acompañara. No quería mirarlo a los ojos al entregar el sobre que marcará el final de todo.
El final de su carrera.
El final de esa parte de su vida q