No lo habían podido evitar.
El pequeño Azriel de cinco meses se encontraba ahora atrapado en una maraña de tubos y máquinas que no paraban de pitar.
Fue demasiado doloroso para ambos padres. Pero en especial para la joven madre, quien sentía cómo sus piernas perdían fuerza y cómo sus dedos, crispados, se aferraban al borde de la camilla como si pudieran, de alguna manera, evitar lo que estaba sucediendo.
Pero era inútil.
Completamente inútil.
—Está muy grave —dijo el médico con una expresi