Adriel se arrancó la corbata con hastío, sintiendo como si de repente aquella tira de tela le apretara y asfixiara de una manera casi insoportable, al tiempo en que se reclinaba mejor en la silla de su oficina, dándose cuenta de que el reloj de pared marcaba poco más de la once y media de la noche. Una hora bastante tarde.
Se encogió de hombros, indiferente.
Nadie lo esperaba en casa, ese lugar se había vuelto demasiado frío y vacío, ¡qué más daba!
La luz amarillenta de la lámpara sobre su escr