Habían pasado meses desde aquel fatídico día en el que se enteró de que era hija de ese hombre.
«Roberto», pensó Sasha, apenas recordando cómo era que se llamaba.
Pero no le importaba.
Y justo ahora era lo que menos deseaba recordar.
Porque su existencia la hacía sentir sucia, la hacía recordar las caricias y los besos que se había dado con su propio hermano durante tantos meses.
Se acostaron juntos, hicieron el amor más de una vez y lo disfrutaron.
¿Por qué el destino tenía que ser tan c