Natalia siguió gritando, mientras la sangre brotaba cada vez más de la cara de Roberto.
Los nudillos de su esposo estaban rojos y magullados. Sus ojos se veían siniestros y no sabía qué hacer para detenerlo. Parecía completamente fuera de sí y eso le asustaba demasiado. Era la primera vez que lo veía así.
—¡Fabián! —gritó desesperada—. ¡Por favor, no lo hagas! ¡Detente! ¡Detente! —siguió diciendo al borde del colapso, tratando vanamente de alcanzarlo. Su esposo no era esa persona agresiva que e