Los guardaespaldas regresaron a la entrada de la casa y se vieron las caras entre sí, mientras se mostraban tensos y sudorosos. Uno sostenía un vaso de agua en su mano y el otro una bolsa de papel donde se suponía se depositaría el vómito de su jefa embarazada.
—¿Dónde está? —preguntaron al unísono, mirando hacia todos lados, sin poder hallar rastros de la mujer.
El rugido de un auto llamó la atención de ambos y entonces corrieron al exterior, pero ya era demasiado tarde. La silueta del Merced