—Disculpe, señor Francisco… —dijo en tono respetuoso, quitándose el sombrero—. ¿Tendría un minuto para hablar conmigo?
Francisco lo miró con curiosidad, pero con cordialidad.
—Claro, muchacho. Vamos ahí fuera, que aquí dentro hay un jaleo tremendo.
Se alejaron por el pasillo hasta desaparecer.
Laís miró nerviosa a Natália.
— No te preocupes, papá no se opondrá.
Los dos llegaron al balcón y Carlos se quedó de pie, mientras que el señor Francisco se apoyaba en el marco de la puerta, cruzando lo